Cuando ya no quede nadie

Esta semana hemos retomado nuestro taller semanal del Fotogenograma con el grupo de profundización y hemos reflexionado juntas sobre los excluidos del sistema y los hechos de vida y muerte que se han dado en él.

Para ello hemos trabajado con el libro de Esther López Barceló, Cuando ya no quede nadie, que a través de la historia de un duelo va desentrañando las consecuencias de la orfandad cuando ya no queda quien cuente historias, quien se acuerde de hechos concretos…y así llega el olvido definitivo.

Cuando una persona muere, mueren con ella todos sus recuerdos y también una parte muy importante de nosotras, ya que esa memoria transactiva que guardaba sus recuerdos con nosotras, también muere. De esta forma una parte importante de nuestra historia que podía ser narrada de otra manera, se pierde.

El libro hace alusión a la memoria histórica y a las fosas comunes y ajusticiamientos tras la guerra, hechos que en algunos casos se están perdiendo por falta de supervivientes…¿no será eso lo que esperan, que se desvanezcan los acontecimientos como si no hubieran sucedido?

Es una buena forma de reflexionar sobre lo que quedará de nosotras cuando ya no estemos, ¿Quién contará nuestra historia y de qué forma?

Nos pasamos la vida narrándonos, construyéndonos a través de miradas y voces ajenas que hacemos nuestras, pero esos relatos también se perderán y, salvo que figures en Wikipedia, llegará un momento que nadie sabrá quién fuiste.

Creo que lo importante no es que recuerden quiénes fuimos, sino lo que hicimos por hacer de este mundo que nos acoge temporalmente algo mejor.

En este relato nuestra recomendación es la película que protagoniza maravillosamente Eduard Fernández, El 47, basada en la historia real de lo que pasó en la Barcelona de finales de los 70 cuando cientos de migrantes de Extremadura y Andalucía se asentaron en Barcelona. Gente que trabajaba de sol a sol y cuya recompensa era que les tiraran las casas si no estaban techadas, que no disponían de agua corriente, luz, escuelas…y por supuesto transporte. Gente que se dejó la piel, literalmente, para que Barcelona sea lo que es. Historias que se perderán si no se cuentan, que dan valor a la comunidad y a la narrativa de lo que pasó realmente.

Excluir esas historias del relato común es excluirlas también de nuestro sistema familiar, cultural, de nuestras raíces. Es invisibilizar tanto lo que pasó como a quienes formaron parte de ello.

Demos voz a esas historias y construyamos un relato más enriquecedor, que no sea un relato único y reescrito desde el Ministerio de la Verdad, como sucedía en 1984 de Orwell. Si seguimos escondiendo estas historias no habrá memoria que valga…

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