Hablemos de sexualidad

¿Por qué cuando pensamos en sexualidad nuestra mente viaja inmediatamente a nuestros genitales? La respuesta es sencilla: confundimos sexualidad con sexo y no son lo mismo.

¿Qué es para ti la sexualidad y cómo la vives?

La sexualidad nos rodea, nos envuelve, está presente en nosotras desde que nacemos, a partir de una caricia, un abrazo, un beso, cosquillas…todo lo que nos hace conectar con el placer. También, por supuesto, están nuestros genitales, pero abriendo el abanico, la sexualidad es global, la podemos sentir en todo el cuerpo, tanto físico como mental.

Si además hablamos de género y construcción social, es fácil entender que las mujeres somos más de sexualidad global y los hombres lo son de la genitalidad. Eso es así porque nos educan para entenderla de forma distinta, porque desde que somos pequeñas nos hacen creer que somos seres para otros, que lo que importa es su placer y no el nuestro.

Dándole la vuelta a la tortilla, y no de la mejor manera, hay voces que reivindican esa sexualidad para otros como empoderamiento y la visten bonita y lucrativa, de forma que ahora muchas adolescentes y mujeres jóvenes se muestran en plataformas monetizando sus cuerpos porque, ya que se han gastado una pasta gansa en acomodarlos como manda el patriarcado, que mejor forma de amortizarlos que vendiéndolos al mejor postor.

Una mentira más para que ellos gocen y nosotras nos sometamos a sus mandatos.

En la pareja esa sexualidad no se entiende si no es previa al acto sexual, nos la han vendido toda la vida como preliminares, ¿te suena?. La sexualidad global es lo que nos hace entrar en el acto mismo, es la que enciende el motor y pone en marcha la máquina, sin ella el placer no es el mismo ni el sexo es igual de placentero.

Cuando estamos en etapas de nuestra vida en la que no nos apetece el sexo (menstruación, puerperio, climaterio), la sexualidad global nos puede hacer conectar de nuevo con el placer. No hace falta llegar al final, no hace falta la genitalidad, es necesario volver a experimentar el placer por el placer, sin ninguna meta en la cabeza. Pero es muy importante que nuestra pareja esté al tanto de ello, y por supuesto, que acepte esa nueva forma de relacionarnos.

Quizá el problema es que no nos hablan de ella, ni de la globalidad ni de la genitalidad convirtiéndonos así en seres disfuncionales, sexualmente hablando.

¿Recuerdas si en tu familia/amistades se hablaba de sexualidad-sexo? ¿Qué se decía?

En nuestro entorno familiar el tema del sexo se evitaba, era tabú. Nuestros padres crecieron con la misma carencia, nuestros abuelos, también. Ahora tenemos la información al alcance de un clic de ratón, pero hay que saber dónde y qué buscar a la hora de informarse. Es necesaria una buena educación sexual para dejar de lado esa herencia que tanto daño nos ha hecho.

Si te tocas, te quedarás ciega. Eso es pecado. Dios lo ve todo. Tocarse es de guarras. La que sale con más de uno es una puta. Si te dejas tocar eres una zorra.

Hemos crecido escuchando esto por activa y por pasiva y luego nos extrañamos de tener una vida sexual mediocre. Por supuesto no todo el mundo! Algunas rompimos normas, nos revelamos, experimentamos con nuestros cuerpos, experimentamos compartiendo experiencias con otras personas y en el camino, con suerte, aprendimos algo más sobre nosotras, sobre nuestro placer, sobre lo que nos gusta y no nos gusta, sobre decir sí y decir no. Aun así en ese camino también hubo dolor, nos dañaron, quedaron heridas y cicatrices y que tuvimos que sanar con horas de aprendizaje y terapia.

¿Has tenido alguna mala experiencia que te haya hecho alejarte de tu placer?

En más o menos medida cada cual guarda alguna mala pasada en relación con su sexualidad, propia o compartida y eso no es malo, simplemente es no haber tenido información suficiente, herramientas suficientes, recursos suficientes.

Lo bueno es que cuando empezamos a mirar esas heridas, vemos también mucha resiliencia, vemos valor, fuerza, espíritu de superación y eso es lo que nos da alas para seguir volando alto.

En los talleres intentamos conectar con esas heridas para entender a la mujer que fuimos cuando eso sucedió y usar en ese caso la mirada compasiva hacia lo que fue, entendiendo que no pudo ser de otro modo, que no teníamos herramientas para enfrentarlo de otra manera. La herida cada vez duele menos, no desaparece del todo, pero aprendemos a vivir con ella, a darle espacio cuando lo necesita, a mirarla a la cara y eso es el mejor ejercicio que podemos regalarnos.

Muchas de esas heridas vienen de la mano de la culpa, esa eterna compañera de la que ya hablaremos largo y tendido.

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