
A veces la familia nos cuesta la vida, nos volcamos tanto hacia ella que nos olvidamos de equilibrar la balanza, y esta acaba cayendo inexorablemente arrastrando todo lo que pilla en su camino.
No nos cansamos de hablar de autocuidado, pero eso que tanto nos llena la boca, no acaba de llenarnos los días. Seguimos adelante contra viento y marea sin pensar en lo que estamos perdiendo en ese camino, nos sacrificamos en el intento de ser reconocidas, de ser valoradas, de conseguir lo que otras antes que nosotras intentaron y no pudieron. Nos creemos súper mujeres, invencibles, eternas y la vida nos recuerda que estamos aquí para un rato, y ese rato es mejor pasarlo bien que intentar pasarlo de forma perfecta. Y en ese camino tropezamos, nuestras vidas se van al garete, recogemos las piezas del rompecabezas e intentamos pegarlas para que parezca que no ha pasado nada, y ha pasado todo. Y, ¿Dónde estamos nosotras en esa vida que era nuestra?
En Casa en llamas se da todo lo anterior, y se da de forma magistral a través de una familia con menos luces que sombras, con rincones y cajas por abrir y una madre que trata de que el trastero esté limpio, de que entre el aire, de ser vista, de que se entienda todo lo que ha hecho por ella. ¿Cuántas madres conoces así? Como se dijo en la ceremonia de los Goya, necesitamos más madres mandando a la mierda a su descendencia…y también a sus maridos, ¿por qué no? y ocupándose de ellas mismas, de no perder esa vida tan preciada, de no dejarse en segundo plano, de ser las protagonistas de la obra de su vida. Más madres así, por favor.
Teniendo madres así aprenderíamos a tener también referentes, y de paso, como también dijo Eduard Sola, padres que se impliquen en la crianza, que sean corresponsables y responsables de lo que les toca.
Y si la cosa se desmorona, porque puede hacerlo, saber qué decisiones tomar sin dañar a la otra persona, intentando hacerlo lo mejor posible en beneficio de quienes están en medio de esa ecuación.
Custodia repartida intenta mostrarnos el lado amable de una separación y todo lo que conlleva a nivel familiar, no sólo lo que afecta a la pareja, sino también a quienes forman parte de su vida. Separarse significa poner un punto final y eso, cuando hay criaturas de por medio es imposible (en el mejor de los casos) porque ambos formarán parte sí o sí de la vida del otro como madre o padre de esas criaturas. Intentar que todo vaya bien, que ambas familias sigan en dinámicas conocidas y nuevas, que eso no afecte a la educación o rutinas de esas criaturas, es un sudoku en toda regla. Además, si a eso le sumamos a que no hay contacto cero, el roce vuelve a dejarles en la casilla de salida y es entonces cuando el juego se vuelve áspero y desconocido, empiezan las trampas y ninguno gana en esas condiciones.
Los vínculos familiares son complejos, algunos inamovibles, pero las relaciones sí lo son. De nosotras depende cuáles queremos tener y con quién.
