Hoy me siento profundamente agradecida.
Esta semana han finalizado los talleres de Crisis y duelos y MaternArte y he vuelto a tener el privilegio de acompañar a mujeres en su autoconocimiento y de llegar con emoción al final de este pequeño viaje. Da gusto ver cómo congenian, cómo se ven de diferentes con respecto a cómo entraron, cómo han cambiado sus miradas, sus sentires, sus emociones…y eso me llena de satisfacción, sí, y de orgullo también.
Han hecho un trabajo precioso y están listas para la siguiente etapa del viaje, que comienza la semana que viene, pero aún disfrutando del buen sabor de boca que nos ha dejado todo lo compartido, ayer trabajaron juntas en la construcción de un cuento improvisado y este es el resultado:
En una tarde de Enero, cinco mujeres se sentaron a compartir alrededor del caldero.
Una de ellas sintió la necesidad de compartir la tristeza que la embargaba desde hacía meses cada vez que miraba la foto de boda de sus padres.
Otra de ellas recordó las tardes de invierno, cálidas, alrededor del fuego, cuando su madre le contaba cuentos y canciones.
Otra de ellas se emocionó mucho cuando se puso a pensar en todo lo que tenía que agradecer a su madre y en que no podía volver atrás.
Las otras cuatro la acurrucaron, la apoyaron, la mimaron, la abrazaron y le dijeron: tranquila no estás sola, estamos todas. Esa madre fue una gran mujer, y esa mujer es parte de ti y es parte de todo lo que tienes dentro, de toda esa fuerza.
Todas y cada una de ellas, en su interior sintieron que todas compartían algo y era la necesidad de la madre, el reconocimiento de la madre, el amor de la madre, y todas sintieron que estaban conectadas, se miraron, sonrieron y entonces…
Cada una de ellas echó un ingrediente secreto al caldero, ese ingrediente era la esencia de lo sentido en todo lo compartido. Todas bebieron de él sabiendo que aquel brebaje las unía para siempre en un vínculo invisible e irrompible.
¡Qué maravilla!
