Creando identidad

creando identidad

Intentando comprender el cómo hemos llegado a donde hemos llegado, me topé con un texto de Almudena Hernando (Arqueología de la Identidad) que resume todo lo que siento y todo lo que pasa a nuestro alrededor desde hace tiempo.

Los mecanismos a través de los cuales hombres y mujeres han construido su identidad a lo largo de la historia obedecen a que combinan de modo distinto dos tipos de identidad: la identidad relacional y la individualidad. La primera se construye a través de los vínculos y la segunda a través del yo.

Ella diferencia la Identidad relacional: todos los miembros del grupo (o al menos todos los hombres, por un lado, y todas las mujeres, por otro) realizan las mismas actividades y tienen el mismo grado de poder. La consecuencia es que en estos grupos no existe la idea del «yo», la identidad relacional se construye a través del cuerpo y las acciones. Unx es quien es por lo que dice su cuerpo que es, porque tiene
un adorno en el labio o en la oreja que lo demuestra…Y lo es también por lo que hace, por el modo en el que caza, pesca o cultiva, otorgando un peso ontológico, de construcción del ser, a estas acciones y a los instrumentos que utiliza para llevarlas a cabo. Se trata de una identidad que se construye a través de los vínculos que establece, de forma que la persona se percibe simplemente como el resultado del cruce de distintas relaciones.

Por otra parte tenemos la Identidad individual: forma de identidad que se va desarrollando gradualmente a lo largo de la historia, a medida que la sociedad se divide en posiciones especializadas por la existencia de funciones distintas. Y, sobre todo, a partir de la aparición de la escritura. Cuando las personas comienzan a ocupar posiciones sociales diferenciadas (que siempre implican relaciones de poder diferenciado) y empiezan a describir los fenómenos del mundo a través de la escritura y la ciencia. Esta identidad se construye de forma autorreflexiva a través del tiempo y la memoria: yo soy el resultado de todo el proceso vivido desde la infancia. En la individualidad, la identidad se piensa porque, entre otras cosas, al estar mediada por el cambio, es necesario decidir siempre nuevos pasos que vayan dando sentido y contenido a la vida. En consecuencia, esta forma de identidad se asocia al tiempo y a la memoria, y se asocia a la sensación de potencia, al poder. Esto es así porque una persona está más individualizada cuanta mayor distancia emocional y mayor vínculo racional establece con los fenómenos del mundo. Así, a mayor individualidad, hay mayor sensación de que se controla el mundo, por un lado, y de que no se necesita al grupo, por otro.

El proceso de individualización se ha venido identificando con el proceso de civilización, aparece el concepto de individuo como sinónimo al de persona  y es cuando la individualidad se convierte en la identidad que toda la sociedad identifica con los hombres.

A medida que los hombres se fueron individualizando, la identidad relacional (que ellos tenían que seguir desarrollando también para sentirse seguros) fue quedando identificada con las mujeres, que no se individualizaban como ellos (entre otras cosas, porque ellos lo impedían para tener garantizada su propia identidad relacional a través de normas de complementariedad heterosexual). De esta forma, fue generándose la idea (que todxs consideramos verdadera) de que hasta el siglo XX, cuando las mujeres empezaron a recibir educación superior y a individualizarse, los hombres representaban la individualidad (sin ningún atisbo de identidad relacional) y las mujeres la identidad relacional (de género femenina).

Las mujeres individualizadas, que aprendemos que ese discurso es verdad a través de la educación y la socialización, sabemos, sin embargo, que no lo es. Nuestra vida y nuestra experiencia nos dicen que sin los vínculos y una Identidad relacional y
sentimiento de pertenencia no es posible sentir seguridad ontológica. Lo sabemos porque, a diferencia de los hombres, cuando las mujeres empiezamos a individualizarnos, no podemos negarnos a nosotras mismas la importancia de los vínculos, la pertenencia al grupo y la emoción porque, a diferencia de ellos, nosotras no tenemos quien se ocupe de garantizárnoslos. Así que nosotras tenemos que dedicar tiempo y energía a cultivarlos y mantenerlos, por muy desarrollada que tengamos la individualidad.
El resultado es que encarnamos un tipo de identidad contradictoria, pero al mismo tiempo muy potente, pues tiene recursos para desarrollar las dos estrategias identitarias que dan seguridad al ser humano: la de la identidad relacional, que garantiza mediante los vínculos un sentimiento de protección y seguridad frente al mundo, y la de la identidad individualizada, que genera sentido de potencia y autoafirmación frente a él.

Sin embargo, hay mujeres, que siguen adscribiéndose al discurso de verdad generado desde la individualidad dependiente, e interpretando que las contradicciones y desajustes que ellas sienten respecto a esa verdad aprendida tienen que ver con sus propias inseguridades, deficiencias o problemas personales.
Depositan el valor de la verdad en el discurso que se les enseña desde las  instituciones del conocimiento patriarcal, en lugar de depositarlo en aquello que les pasa, en su propia experiencia. Con ello, se contribuye a ocultar la imprescindible participación de la identidad relacional en la construcción de la seguridad ontológica de los hombres (y del grupo), y como efecto de ello, a invisibilizar y menospreciar el papel esencial que la identidad relacional de las mujeres premodernas ha jugado dentro de los mecanismos de poder y seguridad del grupo en el mundo occidental.

Mientras no introduzcamos en el régimen de verdad la importancia de la identidad relacional, nuestros discursos podrán demostrar un voluntarismo y una convicción muy loables sobre la necesidad de luchar por la igualdad (no solo entre hombres y mujeres, sino entre todos los seres humanos), pero no conseguirán cambiar el régimen de poder-saber de nuestro orden social.

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